jueves, 15 de agosto de 2013

Circles

           Cerré un ciclo. 
    El domingo 11 de agosto cerré un ciclo. Ese día de votación, a mi abuela casualmente le tocó votar en esa escuela. En esa que te conocí, en esa que perdí la mayor parte de mi identidad una vez. En esa escuela que además de verme crecer, me vio caer. Fue casual, por supuesto, como lo es todo en mi vida últimamente. Una casualidad de algún destino. 
    La acompañé, porque hacía meses que venía pensando en esa escuela. En sus pasillos, en sus escaleras, en los ecos de recuerdos a flor de piel. Mientras ella hacía fila y hablaba con otra señora de lo caro que está el pan, yo caminé sobre ese suelo, sobre esas huellas invisibles que dejé tiempo atrás. Toqué sus frías paredes, pintadas del mismo color de siempre. Subí al segundo piso, saltándome el escalón suelto que solía hacernos tropezar a todos. Estaba abarrotado, claro, pero eso ayudaba a sentirme más en casa, recordando el bullicio de esos recreos felices. No me dejaron pasar a mi antiguo salón, obviamente, porque había gente votando ahí, pero el simple hecho de ver esa puerta y esa ventana fue demoledor. 
    Es un circulo vicioso, pensé. Todos los caminos conducen a Roma, recordé. Fue irónico y maravilloso el estar allí parada seis años después. Tan distinta y tan idéntica. Tan adulta y tan pequeña. Tan confundida y tan decidida. No se sintió como en una película, pero el efecto fue mejor. Murió el fruto pero no la semilla. Me paré ahí, seis años después, y sonreí. Porque no todo fue tan malo, porque al final nada era irreversible, porque sentí que tanta lucha, tanto dolor y tanto hartazgo finalmente habían valido la pena. 
    Seguí recorriendo los pasillos, tomando innecesarias fotos mentales de un lugar que nunca olvidaré, emocionándome con recuerdos que, dios mío, al fin volvían a ser satisfactorios. El agua siempre vuelve a su cause, dicen, lo que no dicen es que el agua y el cause no son los mismos cuando vuelven a encontrarse. Y a veces, entendí, eso no tiene por qué ser algo malo. 
    Regresé a esa escuela, al lugar que nos vio ser. Siempre supe que regresaría, sabiendo el círculo en el que vivimos, pero nunca pensé que se sentiría tan bien. Nunca imaginé que sería tan curativo hacerlo. Nunca imaginé que fuera tan casualmente necesario. Mientras estaba allí, de pie, te perdoné. Me perdoné. Al fin pude decirle adiós a muchas cosas. Inhalé un nuevo aire, que paradójicamente era el mismo aire de antes, contuve el aliento y me dejé caer. Caer no siempre es malo. A veces, cuando has volado tan alto como para escapar de todo, caer es la mejor solución. Caer de pie, firme, en la tierra. Caer en el punto final de ese círculo que increíblemente sí tenía un fin. 
    Le sonreí a tu fantasma, agradeciéndole por haberme enseñado tanto, por haberme hecho tan fuerte. Le sonreí a mi fantasma, apaciguando a sus demonios y dejándola dormir en paz de una vez por todas. Y ambos se fueron, esas sombras atormentadas que me atormentaban... se fueron. 
    A veces uno necesita volver al comienzo para llegar al final. A veces el círculo sigue girando sólo para avisarte que has dejado algo inconcluso. Pareciera una estupidez que volver a esa escuela fuera mi tarea inconclusa. Y es que mi tarea no era volver allí. Mi tarea era aceptar y perdonar. Y como un aroma que te recuerda al verano o una canción que te transporta a otros tiempos, mi forma de llegar allí era ver ese edificio y dejarlo ir. 
    Me siento libre, liviana y segura. Mis pasos no tienen por qué seguir siendo temblorosos, ya no camino en una cuerda floja. Creo que nunca lo hice. Tal vez sólo estaba asustada de mirar hacia abajo. He dejado de culparlo todo, de sentir rencor. He aprendido a mirar atrás sin miedo de quedarme atrás. He cerrado un ciclo, uno largo, pesado y doloroso. Me queda, finalmente, empezar de cero. Y debería abrumarme, siendo que el cero es sólo otro círculo, pero no lo hace porque entendí que sólo gira y gira el que quiere. Y tal vez en este nuevo comienzo no me asuste tanto girar. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario