jueves, 11 de julio de 2013

Increíble

Increíble.
        Hablé conmigo misma ayer y fue increíble. Por un momento dejé de huir, respiré hondo y miré hacia atrás. Hice a un lado los recuerdos de una vida que quería recuperar y por primera vez en mucho tiempo vi el verdadero camino, el que caminé pero no viví, me vi a mí misma, asustada, frágil e insegura. Me quedé de pie allí durante un largo tiempo y me atreví a hablar con aquella parte de mí que mantengo oculta y prisionera.
        Afuera llovía y el cuarto estaba a oscuras. La música, su voz, sonaba en mis oídos. Cual loca hablando sola mientras la primera lágrima, ardiente y helada caía, me dije "Hola". Me acurruqué en un rincón de la cama y contuve un grito. Grité, supongo, pero fue por dentro. Un grito desgarrador y al mismo tiempo, liberador. Empecé a hablar con quien fuera que estuviera en mi cabeza, seguramente yo misma. Empecé a culparme por las horas de soledad, por los errores, por los años perdidos... simplemente dejé que todo saliera. Crudo y realista, sin medias tintas, sin el matiz arrogante de siempre. Dejé de culpar a los demás, de justificarlo todo, dejé que la burbuja explotara y que los muros cayeran.
        Para adaptarme y comenzar la confrontación, utilicé una metáfora que se ha vuelto mi mantra estos últimos dos años: el blanco y el negro. Mi yo blanco me escuchaba, en silencio. 
        He vivido casi toda mi vida siendo dos personas diferentes. Creo que todos tenemos dos caras, dos colores. Tengo la esperanza de que al crecer logramos unificar esos colores. En mi caso son dos colores muy opuestos, muy lejanos, muy notorios. Una parte de mí, la que siempre he escondido, la blanca, es muy ilusa, muy inocente, muy tierna y muy frágil. La otra, la negra, es muy fría, muy desconfiada, muy dañina y muy débil. ¿Cómo haces, pensaba yo, para unir dos muy tan diferentes? Es como hacer chocar un planeta de hielo con uno de fuego. Durante mucho tiempo creí que si lo hacía, si intentaba amoldar ambas partes en una sola, sería desastroso. Creía que si esos planetas chocaban la posibilidad de que una mínima partícula sobreviviera era escasa. Y como soy cobarde, preferí pasar años sin arriesgarme. 
        Pero anoche, increíblemente me cansé. Me cansé de saber que sabía que todo estaba mal, me cansé de saber que estaba equivocada y me cansé de protegerme del mundo. He aprisionado tanto a esa parte blanca que casi la asesino. He sido negro tanto tiempo que no sé cómo empezar de nuevo, pero sé que tengo que hacerlo. Ella no tiene razón, yo tampoco. El negro no debe existir porque es dañino y el blanco no lograría sobrevivir en este mundo. La solución es simple, y siempre lo he sabido. 
        No puedo pasarme la vida peleando con esa parte de mí que quiere reír de verdad y llorar por otro sentimiento además del vacío, con esa parte que quiere vivir y amar. No puedo pasarme la vida alejándome de todo y todos, lastimando para no ser lastimada. No puedo ser una o la otra. Debo encontrar un balance. Debo ser gris.
        Y anoche, mientras me decía todo esto y más, me sentí libre. Por un momento dejé de sentir que el único camino correcto era hacia atrás, donde estaba lo que amaba. Solté, por ese increíble fragmento de tiempo, las cuerdas que me ataban al pasado y sonreí. La música seguía sonando cual faro en la tempestad, y yo seguía llorando. Aún no soy gris, tardaré mucho tiempo en serlo. Aún no soy el cambio que quiero ser, pero sé que esa última mirada hacia atrás, hacia lo que fui y lo que no quiero seguir siendo, fue el primer paso hacia quien siempre debí ser
        Escapé durante mucho tiempo de mí misma, aterrada y consumida en tiempos mejores. Pero me cansé. No sé cuál fue el detonante, o tal vez sí, pero sé que fue el momento justo. Sé también que este cambio será lento e interno. Día a día daré un pequeño paso en la dirección correcta. No puedo volver a ser quien era, y hoy veo que es mejor así. No hay nada bueno en quien era, sólo recuerdos bonitos. Es mejor levantarme de entre los escombros de mis muros, renacer de mis cenizas, que seguir uniendo piezas rotas de un pasado más fácil. Es mejor intentar unir el blanco y el negro que fingir ser cualquier otro color. 
        Sigo siendo la misma, las mismas, sigo siendo ambas caras de la moneda, ambos extremos del puente, pero la posibilidad, esa diminuta y hermosa posibilidad de crear mi balance perfecto, es increíble.


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